O, mejor dicho: Thor no tiene huevos.
Bueno, en realidad sí que los tiene. Lo que pasa es que no en su sitio habitual. Es decir, sufre de criptorquidia bilateral, o lo que es lo mismo, ninguno de sus dos testículos ocupa su lugar dentro del saco escrotal. Ya tiene 11 meses, por lo que podemos descartar tranquilamente un descenso tardío.
En realidad, la criptorquidia en perros no tiene excesivo problema para la vida diaria del bichejo. Desde el punto de vista hormonal, sus testículos tránsfugas funcionan a pleno rendimiento, por lo que tiene todos los instintos propios de un perro (sí, incluidos esos instintos peluchófilos y cojinófilos). Pero, desde un punto de vista biológico, tiene dos problemas: el primero, que los testículos tránsfugas tienen tendencia a enquistarse o generar tumores con el paso del tiempo; el segundo, que es estéril.
Nota: el veterinario, la primera vez que se fijó en que Thor tenía todas las papeletas para desarrollar este problema, nos dijo (y ratificó en la consulta del viernes) que en realidad lo de la esterilidad no es tanto problema... el perro puede hacer de gigoló en el barrio, para alegría suya y de las perras en celo.
Así que el viernes nos fuimos papi y yo con Thor al veterinario, a que lo palpara un poco (uno de los testículos se puede palpar bajo la piel, y lo tiene muy cerca de su sitio; pero el otro no hay forma de encontrarlo) y nos explicara las opciones. Pero claro, cada vez que voy al veterinario, me encuentro con una historia distinta. Esta no va a superar a aquella historia que sufrí con Guismo allá por el 2.006, pero dio para algunas risas.
¿Y por qué algunas risas? Bueno, digamos que, justo cuando llegábamos a la clínica veterinaria, con nuestra cita pedida y todo, llegó una pareja de mediana edad con otro perro. Uno de esos que van vestidos con un trajecito anti frío. Y eso que el perro era bastante peludo...
Tras saludar y colocarnos en la sala de espera, mi padre y yo de pie, otra señora que ya estaba allí esperando sentada, y la pareja también sentada, veo que la mujer que ha entrado con nosotros y con su marido (una señora de mediana edad bastante flaca, vestida con prendas con estampado de leopardo, y que se estaba comiendo una bolsa entera de chucherías) no hace más que mirar a Thor. Y digamos que aquí empezó la conversación, ya que la señora de las chuches y el leopardo se ve que tenía ganas de hablar indistintamente con nosotros y con la otra señora que ya estaba en la clínica esperando. Su conversación se convirtió en un ruido de fondo del que, de vez en cuando, se extraían auténticas perlas de sabiduría. Afortunadamente yo diría que se trataba de una señora charlatana y recién fugada de un circo completamente loca, pero inofensiva y sin mala intención.
Thor, por supuesto, con su estado de nervios habitual, no paraba más de dos segundos quieto. Eso sí, la mayoría del tiempo intentaba llamar la atención del perro de la pareja de mediana edad.
...huy qué perrito tan mono, ¿eres jovencito? Pues mi Poncho es un viejete gruñón, pero tú ni caso, huy mírale, ya te está gruñendo, pero no le hagas caso, ¡Poncho, no seas malo, que el perrito quiere jugar! Así no vas a hacer amiguitos...
Mi padre, que detesta esperar en la clínica veterinaria (más que nada porque la sala de espera es pequeña y, en cuanto nos juntamos dos o tres, se llena), se puso para entretenerse a mirar los piensos y los patés para perros que tenían en los expositores, y sobre todo los precios, por si merece la pena comprar en el veterinario en lugar de en otro sitio.
...pues a Poncho le encanta este paté, es lo único que mezclado con el pienso hace que se lo coma. No, no se crea que le preparo mucho la comida, sólo muelo el pienso y lo mezclo con el paté, que si no, se deja el pienso. Bueno, también le hago una guarnición de cebollita, zanahoria y champiñones, con un poco de pollo sazonado, pero vamos, que no le hago comida casera...
Como la señora que ya estaba dentro esperando iba sin perro, por hacer tiempo le pregunté si lo tenía ya dentro en peluquería o si estaba en consulta. La señora me contestó que ambas cosas, porque además de cortarle el pelo, lo habían castrado hacía poquito y le iban a mirar el peso y demás. Me dijo apenada que no le había hecho gracia castrar al suyo, porque era jovencito (poco más de un año), pero que no le había quedado más remedio porque el perro iba ya por la vida tan desesperao que se frotaba literalmente contra cualquier cosa, y se estaba lesionando el escroto cosa mala. Así que la opción era castrarlo para que dejara de hacerlo.
...huy, pues Poncho también es un poquito salido. Pero la solución ha sido coger un muñeco de estos antiguos, de los que tienen cremallera para meter dentro el pijama y las zapatillas, ¿sabe los que digo? pues se lo hemos llenado con una almohada y se lo hemos dado de desahogo. Le gusta tanto que ya no hace caso a las perras, sólo se desahoga con esto...
Mi padre y yo afilamos las orejas (no ante el comentario de la loca, claro, sino ante el de la señora normal), porque sabemos que una de las opciones que tenemos para Thor es precisamente extirparle los testículos traviesos. Así que empezamos a bombardear a la mujer (la normal, no la otra loca) con preguntas sobre su perro: si había engordado, si le había cambiado el carácter, si estaba más tranquilo, etc. Y ya, ante la curiosidad de la mujer, le contamos el problema de Thor.
...anda, como mi Poncho, bueno, no como Poncho, porque Poncho tiene un huevito (le levanta la pata sin contemplaciones al perro y nos muestra su escroto tan orgullosa). Lo tuvimos que traer para que le quitaran el otro, que lo tenía casi en su sitio, se notaba y todo bajo la piel. Yo le daba masajes en el huevito escondido a Poncho y lo empujaba para intentar meterlo en su sitio; Juan (nota: es el nombre de pila del veterinario) me dijo que eso no arreglaba nada, pero yo por si acaso seguí haciéndolo. Pero no, no le bajó. De todas formas este es más macho que ninguno con sólo un huevito...
Me pregunté mentalmente si sería tan macho como el pastor alemán del anciano aquel. Pero sólo de imaginarme la escena, me mordí la lengua. Hay preguntas que es mejor que queden sin respuesta.
Más o menos en ese momento, y tras más de 40 minutos de espera en la consulta, entraron dos chicos y dos chicas, todos muy jóvenes (unos 23 años más o menos) con un precioso gato blanco en una gatera. Y claro, no pude evitar comentar que el gato era precioso. Eso sí, me callé que parecía muy alicaído. Y al ver las caras de tristeza de los cuatro, me imaginé a qué venían. Creo que mi padre, la señora normal y el marido de la loca se dieron cuenta conmigo, pero no, la loca no.
...huuuuuuy qué gatito tan mono, ¡hola gatito! ¿Cómo te llamas, gatito? Poncho, no le gruñas, que no te ha hecho nada. No seas malo, Poncho. Poooooooncho, vale ya. ¿Venís a cortarle las uñas? Pobrecitos, lo llevan de mal lo de las uñitas...
El chico que llevaba la gatera me miró. Lo miré. Me acordé de Guismo y me dio pena. Así que sonreí al muchacho un poco. Y el chico se giró hacia la loca y le dijo una sola palabra: eutanasia.
...huuuy, pues vaya nombre más raro para un gato. Aunque yo tenía una tía que se llamaba parecido, ¿es gatita en vez de gatito? Pero no, no era el mismo nombre, ¿cómo era? Ay, no me acuerdo...
Por el rabillo del ojo vi cómo la señora normal se echaba las manos a los ojos. Mi padre, por su parte, se dio la vuelta y oí que ahogaba una risilla que se le estaba escapando. El marido de la loca... bueno, yo creo que el pobre iba desconectado, porque llevaba toda la tarde allí sentado con su mujer, pero como si no la escuchara.
Yo, por mi parte, apreté la mandíbula para no partirme de la risa allí, más que nada por los dueños del gato. Y mantuve la compostura mientras el muchacho de la gatera, con cara de estar flipando en colores, le explicaba a la loca en qué consiste una eutanasia.
...pero ¿vas a matar a tu gato? Pero ¿qué clase de dueño eres, qué te ha hecho tu gato? Llévalo a un albergue o algo. Eso no se hace...
Me pregunté si sería buena idea explicarle a la mujer que la eutanasia en animales se aplica a aquellos que no tienen curación posible, pero en ese momento nos llamaron para entrar y decidí pasar de ella.
En la consulta, el veterinario nos dijo que tenemos tiempo de sobra para pensar qué hacemos: si operar a Thor y quitarle los testículos, o si hacerle ecografías anuales para controlar la tumoración. El riesgo no suele aumentar hasta los 5-6 años de edad, así que podemos pensarlo con calma. Y la operación tampoco es demasiado cara.
A la salida del veterinario, la loca me dijo adiós efusivamente. Estuve por darle recuerdos para su tía Eutanasia, pero no era plan.
Pobre Poncho.







doctorpi
16 feb 2010 | 05:00 AM
LOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL
Sveret
16 feb 2010 | 10:48 AM
Pobre Poncho, pobre marido de la loca, pobre veterinario... y pobres dueños del gato. Al menos la loca ha aportado su racioncita de humor, que falta hacía.